El niño que fuiste

Durante los meses de verano acostumbra el caminante a despedir el día paseando por las marismas; le gusta contemplar la escala cromática de rojos y violetas que va cayendo sobre las aguas y los montes bajos del horizonte, como si de un sutil velo se tratase, percibir cómo el silencio y la quietud van ganando terreno y cómo las aves muestran una repentina actividad. Los charrancitos se lanzan en un picado vertical, con las alas plegadas, sumergiéndose brevemente para capturar pequeños peces o crustáceos. Las cigüeñuelas sobrevuelan las aguas con el cuello y las patas completamente extendidas, trazando en el aire una silueta inconfundible. Un grupito de garcetas se eleva para desplazarse hacia una isleta del interior mientras un nutrido bando de gaviotas cruza las marismas para dirigirse hacia los arenales cercanos al mar.

El caminante se sienta en un banco de madera, enciende un cigarrillo y aguarda a los flamencos, que pronto se aproximarán a donde él se encuentra, comenzarán a remover con sus patas el fondo e introducirán sus picos curvados en el agua buscando alimento. Tenerlos tan cerca en el silencio de la tarde crepuscular hace que el caminante se sienta feliz y en paz. Son instantes en los que recuerda las palabras de un escritor portugués al que tanto leyó como admiró. Deixa-te levar pela criança que foste. Y así es, durante esos minutos el caminante se deja llevar por el niño que fue, por el niño que acercaba su rostro a las rejillas de una jaula en cuyo interior vivía un jilguero, el niño que cuidó a un cernícalo malherido que entró una noche por la ventana de su habitación, el niño que correteó por las orillas del Atlántico persiguiendo a las gaviotas o subió una tarde a un altillo asombrado por el inquietante zureo de las palomas. Sentía el caminante que su yo niño seguía conectado a las aves que poblaron los escenarios de su infancia y que esa conexión se fortalecía cada vez que acudía, a la caída de la tarde, a las marismas para contemplar el vuelo de los flamencos.

En ocasiones, antes de regresar, se detenía a hablar con un joven que trabajaba como vigilante en una piscifactoría de la zona. Ambos compartían su asombro por la belleza del ocaso en las marismas. Fíjate, le dijo el caminante, diríase que ese color del cielo es el mismo que el color de los flamencos, un rojo llama, flamma, que les da nombre a estas aves. El joven tenía la mirada perdida en el cielo; sus ojos habían adquirido un intenso reflejo encarnado y al caminante le dio por pensar, tan dado que era a las especulaciones fantasiosas, que en ese momento el joven vigilante debía de haber quedado atrapado en algún tiempo de su infancia, en algún lugar donde habitó el niño que fue. No quiso molestarlo, agarró la mochila y emprendió el camino de regreso a casa.

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