Una forma de espiritualidad

El caminante lleva recorridos ya muchos senderos y ha vivido no pocos encuentros y desencuentros con las aves como para saber que tantas mañanas y tardes entregado al silencio y a la paz le han hecho entender que su relación con la naturaleza es una forma de espiritualidad que requiere de sus ritos. Desde que ha entrado la primavera acostumbra a sentarse en un banco de madera que hay en las marismas desde donde contempla el ir y venir de las aves a la caída de la tarde, se enciende un cigarrillo y vacía su mente de ruidos para que ocupen su lugar las imágenes de las aves que le sobrevuelan. Si va acompañado, pide que le dejen solo durante unos minutos, como haría un devoto que deseara entregarse a la oración en el silencio claroscuro de las capillas.

 En los últimos días ha captado su atención un bando de charrancitos que llegaron semanas atrás procedentes de África, donde habían pasado el invierno. Son pequeños y lucen un plumaje gris claro y blanco; cuando se posan en algunas de las islas de las marismas, el caminante coge sus prismáticos para contemplar sus cabecitas, cubiertas parcialmente por un capirote negro que deja al descubierto una hermosa mancha blanca en la frente. Al caminante le gusta observarlos por la tarde, cuando comienza a caer el sol. Es entonces cuando los charrancitos se ponen a pescar de una manera tan agitada como habilidosa. Primero realizan un rápido vuelo de prospección sobre la superficie del agua; si detectan una potencial presa, se ciernen en el aire, con un agitado movimiento de alas, y giran ligeramente sus cabecitas, de manera que el pico, amarillo, afilado y con la punta negra, queda apuntando como una flecha hacia su objetivo. Instantes después, se lanzan en una caída libre casi vertical, plegando las alas justo antes de tocar el agua. Si la captura ha tenido éxito, se elevan finalmente con la presa en el pico. En ocasiones el caminante intenta hacer una fotografía para capturar el instante, pero las más de las veces se queda mirándolos hasta que los pierde de vista. Seguidamente, se levanta, se persigna y se aleja en silencio hacia la salida de las marismas.

Una tarde andaba cerca su hijo, tomando imágenes de las marismas con la cámara de su móvil nuevo. ¿Qué es lo que has hecho, papá? ¿Te has santiguado? Vas a perder la cabeza con tanto pájaro, le gritó con tono burlón antes de echarse a reír. Sabía que su padre era un bromista y a veces un tanto excéntrico. Pero también sabía que su amor por las aves era una forma de resistencia y que lo que al caminante incomodaba o perturbaba del suelo lo borraba fácilmente elevando sus ojos hacia el cielo. Podían ser voraces charrancitos o golondrinas viajeras, cantarinas canasteras, imperiales garzas o humildes gorriones. Las aves del cielo mantenían a su padre conectado con la naturaleza de una forma espiritual, significara lo que eso significara.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *