Durante muchos años el caminante ejerció la enseñanza y fue feliz. Caminó entonces por los pasillos de los centros educativos como camina ahora por los senderos de marismas y humedales, procurando detener su mirada allí donde hay luz, sin por ello desconocer las zonas sombrías. Sabe que la oscuridad no le permitirá sacar una bonita imagen del mismo modo que sabía entonces que poner el foco de atención en el ruido y los sinsabores le impediría disfrutar de su trabajo como docente. Ahora piensa que ese oficio que tanto amó y del que tanto disfrutó responde de alguna manera a una pulsión por transmitir y compartir conocimientos, valores, experiencias que forma parte de la naturaleza de cualquier ser vivo… El oficio más antiguo del mundo, le dijo a su hija con cierta sorna una tarde en que se habían acercado a un lugar de las marismas donde anidaban las cigüeñuelas.
Era mayo, apretaba el calor y se habían adentrado en una zona de forraje y malezas secas infestada de garrapatas. No tardó en sobrevolarles una cigüeñuela emitiendo un grito agudo y penetrante. El caminante tranquilizó a su hija y le dijo que esos gritos, así como ese inquietante vuelo sobre sus cabezas, eran una maniobra de distracción e intimidación para evitar que se acercaran al nido. A continuación le pasó los prismáticos y le señaló un lugar de la orilla donde se encontraba un extraño montículo hecho con ramas secas, trozos de cañas, hierbas del entorno… Fíjate que curioso, le comentó a su hija, son estructuras flotantes que se adaptan a la subida o bajada de las mareas. Ambos padres, tanto el macho como la hembra, se turnan para incubar la puesta, tres o cuatro huevos de color crema con abundantes manchas oscuras. Estos eclosionaron hace días, los polluelos no deben de estar lejos. Su hija lo escuchaba sin dejar de mirar con los prismáticos. De repente algo llamó su atención. Mira, papá, dijo mientras le los pasaba. En la orilla se encontraba un polluelo de cigüeñuela cubierto de un plumón color crema que estaba a punto de introducirse en el agua para cruzar hacía una isleta no muy lejana. Desde el aire una cigüeñuela adulta se mantenía atenta a la evolución del polluelo en el agua; emitía pequeños grititos que el caminante quiso interpretar como señales de aliento. Él y su hija observaron en silencio la travesía y respiraron aliviados y emocionados cuando el polluelo alcanzó la otra orilla y se perdió en la vegetación, junto con la cigüeñuela adulta.
Durante el camino de vuelta el caminante se mantuvo en silencio. Estaba feliz de haber compartido con su hija ese momento iniciático del polluelo de cigüeñuela, habían sido minutos de una extraordinaria ternura. No obstante, sentía que esa escena cerraba de algún modo un capítulo de su vida; también fue su hija un polluelo en el pasado y también él procuró acompañarla cada vez que tuvo que cruzar de una orilla a otra; a distancia pero vigilante. Ahora era toda una mujer a punto de ingresar en el ejercicio de la docencia, el oficio más antiguo y hermoso del mundo. El caminante sentía que a él le había llegado el momento de quedarse en la orilla y observar, confiado, en que las aguas de las marismas le fueran favorables.





