Primaveras rellenas

Comenzaba el mes de junio cuando el caminante fue invitado por su amigo Paco a conocer un búcaro que pendía de un emparrado, como un enigmático y silente peso muerto, como un signo de interrogación trazado en el aire limpio de la mañana. Al caminante no le resultaba extraña esa vasija de barro arcilloso utilizada para contener agua fresca, estaba habituado a verla en muchas casas desde pequeño. Le resultaba extraña la actitud entusiasta de su amigo, quien nada más llegar lo animó a sentarse en un banco de madera situado a escasos metros del búcaro. Yo me voy a ir a regar el huerto y a darles de comer a las gallinas; tú quédate ahí, junto a las primaveras rellenas y las alegrías de la casa, le dijo mientras señalaba con la mano un par de jardineras que se encontraban bajo la parra. Le encantaba esa antigua sabiduría de su amigo, su alegre y precisa manera de nombrar la realidad como quien esparce las semillas por un campo de cultivo.

Transcurridos unos minutos el caminante escuchó un ligero aleteo procedente de lo alto de la parra, donde se había posado un inquieto pajarillo que lucía un hermoso azul cobalto en las alas, en la cola y en la parte superior de la cabeza; el pecho y el vientre los tenía amarillos y las plumas del dorso eran verde oliva. En el pico, corto, robusto y puntiagudo, parecía portar un insecto. Apenas transcurrieron unos segundos hasta que el pajarillo se introdujo a gran velocidad en el interior del búcaro para salir, poco después, como un colorido cohete. Comenzaba así un ir y venir de una pareja de herrerillos comunes que habían construido su nido en el interior fresco y seguro de un búcaro. El caminante recordaba haber visto nidos de herrerillos en las oquedades de troncos viejos y de piedras, así como en cajas nido colocadas en parques, alamedas y jardines.  Tenía entendido que era la hembra la que construía el nido, utilizando para ello lana, hierbas, hojas secas, plumón… y asumía totalmente la incubación de la puesta, integrada por un elevado número de huevos, blancos y con moteado rojizo. La entrada y salida del búcaro de la pareja de herrerillos portando en sus picos pequeños invertebrados le hacían pensar al caminante que los huevos debían de haber eclosionado ya. Así pasó la mañana el caminante, absorto en la contemplación del búcaro. De su ensimismamiento lo sacó Paco, que portaba en sus manos un par de pepinillos verdes. Su figura recortada en el marco de aquella luminosa mañana del mes de junio le hizo recordar al caminante que algunas leyendas consideraban al herrerillo común un símbolo de alegría y buena suerte y aportaban a quien lo veía una sensación de bienestar y positividad. Antes de recibir los dones del huerto que su amigo le traía el caminante tuvo ocasión de echarle un último vistazo a las jardineras que contenían las primaveras rellenas y las alegrías de la casa. El caminante regresó aquella mañana de junio con una incuestionable sensación de alegría y gratitud.

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