Las aves del caminante

Finaliza el verano y el caminante elige las horas crepusculares de la tarde para pasear por las marismas; aún hace calor pero anochece antes y hay tardes en que le sorprende la caída veloz de la noche. Bandos de gaviotas y de flamencos se desplazan hacia sus dormideros habituales; algunas espátulas rezagadas en su migración postnupcial hacia África aprovechan esos momentos para alimentarse en zonas poco profundas, introduciendo sus largos picos en el agua y moviéndolos de un lado a otro para localizar y atrapar a sus presas. Las garcetas permanecen en las proximidades de la orilla y, cuando localizan una presa, la capturan rápidamente con su largo y puntiagudo pico. Los charrancitos se lanzan en picado desde el aire para zambullirse en el agua y atrapar con el pico pequeños peces. Apenas hay luz para hacer fotos y el caminante se detiene en un banco de madera, guarda las cámaras en la mochila e inicia el regreso a casa, consciente de que algo más que la luz del día se desvanece esa tarde de un verano que llega a término. Es entonces cuando le parece escuchar un aleteo no lejos de donde se encuentra. Se ayuda de la luz de linterna de su móvil para alumbrar el agua y encuentra, refugiada entre las rocas próximas a la orilla, a una gaviota que parece tener dañada el ala derecha. Tras varios intentos infructuosos por remontar el vuelo se lanza al agua y se aleja lentamente hacia el interior de las marismas. Las sombras han ido ocupando el espacio, pero el caminante intenta no perderla de vista hasta que se encuentra a salvo. Y es entonces cuando, golpeado por un repentino sentimiento de compasión hacia esa ave con el ala dañada que le ha salido al paso al final de ese día, se le vienen a la memoria los versos que escribiera Charles Baudelaire sobre un ave marina capturada, humillada y maltratada por los marineros de un barco.

Le poeta est semblabe au prince des nuées

Qui hante la tempete et se rit de l`archer;

Exilé sur le sol au milieu des huées,

Ses ailes de geant lémpechent de marcher.

El caminante se aleja esa tarde de las marismas con la extraña sensación de que deja a sus espaldas algo más que la luz del día en el final del verano, algo más que la imagen de una gaviota dañada en su ala derecha; comenzará pronto un nuevo curso escolar, pero él ya no estará en las aulas hablándoles a los chavales de los poetas de fin de siglo, de su rebeldía estética frente a la rudeza de los valores burgueses. El caminante está bien donde se encuentra ahora, rodeado de aves en las aguas de las marismas; tiene memoria feliz, no obstante, de una vida pasada que concluyó. Se borrarán sus huellas, como no puede ser de otra manera, pero su mirada volará allí donde estén las aves, sus aves. Será, como el albatros de Baudelaire, un alado viajero, un prince des nuées .

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