Indiferente o cobarde

El caminante dirigió sus pasos una mañana hacia un pinar en cuyo interior se hallaban las ruinas de una ermita visigoda levantada sobre los restos de una antigua villa romana. En alguna ocasión había acudido allí para fotografiar nidos de cigüeñas pero esa mañana seguía el rastro de un ave que, de manera inusitada, andaba por la zona desde hacía unos días. Se trataba de un ibis sagrado que probablemente se había escapado de alguna colección privada y había provocado cierto revuelo entre los pajareros porque esta ave, residente en el África subsahariana, era considerada un ave invasora en Europa; sus desplazamientos migratorios se producían siempre dentro del continente africano.

En el camino fue preguntando a vecinos del entorno y todos creían haberla visto. No pudo evitar el caminante recordar los hermosos versos de San Juan de la Cruz: Mil gracias derramando/pasó por estos sotos con presura/y, yéndolos mirando, /con sola su figura/ vestidos los dejó de hermosura. Cuando llegó a la ermita, sin embargo, en lugar de hermosura encontró un escenario más propio de un estercolero que de un templo religioso. Bolsas de plástico, botellas de cristal, latas, papeles, un colchón mugriento, pintadas en las paredes, muros derruidos… Le dolía ver la indiferencia con que las administraciones públicas, fueran del signo político que fueran, contemplaban el deterioro progresivo de edificaciones con un alto valor patrimonial; le indignaba que la misma indiferencia mostraran las autoridades eclesiásticas cuando esas edificaciones pertenecían a su patrimonio, como era el caso. Pero hacía mucho calor y el caminante no quería alterarse con pensamientos distintos a los que le habían llevado a la ermita, de manera que buscó un sitio sombreado donde sentarse y descansar, a la espera de que apareciera por allí el ibis sagrado.

Las primeras imágenes de esta singular ave las había visto el caminante hacía ya muchos años, en un viaje que hizo a Egipto cuando era joven. En numerosos relieves, estatuas y pinturas murales aparecía representada la figura del ibis sagrado, considerado símbolo del dios Thoth. Según le contaron entonces al caminante, la aparición del ibis sagrado coincidía con la época de las grandes crecidas del río Nilo y, en consecuencia, con época de prosperidad. Llevaba un rato entregado a estos recuerdos cuando le pareció escuchar un aleteo procedente del interior de la ermita. No sin cierta dificultad se levantó, agarró la cámara y se aproximó al interior del edificio. Sobre uno de los arcos fajones de la nave se encontraba un ave hermosísima. El intenso blanco de las plumas que cubrían su cuerpo contrastaba con el negro de la cabeza, parte del cuello y la cola. Tenía el pico negro, largo y curvado. La pureza de su figura, el silencio de la mañana y el entorno de la ermita en ruinas hicieron que el caminante experimentara una súbita emoción espiritual que no supo interpretar. Un poco aturdido, recogió las cosas e inició el camino de regreso. Cuando se hubo alejado unos metros giró la cabeza y vio al ibis sagrado picoteando el suelo. Aprovechó para hacer algunas fotografías. Una vez más el caminante regresaba a casa lleno de gratitud hacia las aves, misteriosas criaturas aladas. Ya había olvidado la indignación que le había provocado ver el estado de abandono en que se encontraba la ermita, ante la cobarde indiferencia de las autoridades. La cobardía, de alguna manera, caía en el terreno de los sentimientos, de las emociones. Nadie, se dijo el caminante, estaba obligado a ser valiente. La indiferencia, sin embargo, era una actitud ante la realidad que tendría que avergonzarnos, una manera de estar y ser que socavaba los cimientos éticos sobre los que se levantaba cualquier sociedad. Eso pensaba el caminante la mañana en que tuvo un encuentro con el ibis sagrado en un templo en ruinas y abandonado de la mano de Dios.

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