Un petirrojo en el bosque de castaños

Diríase que el caminante, ave poco dada a aventuras migratorias, acostumbra a pasar las noches en dormideros conocidos. En contadas ocasiones se aleja de marismas y humedales cercanos; es, más bien, un humano perezoso y acomodaticio que, roto casi el navío, busca abrigo en puertos seguros y alejados del mar tempestuoso. No pudo decir que no, sin embargo, a la invitación que le hizo un amigo para pasar unos días en una sierra no muy lejana donde habitaba un simpático pajarillo a quien tenía ganas de conocer. Fue así como se vio una mañana de marzo en dirección a un pequeño pueblo asentado en una ladera de montaña y rodeado de bosques de castaños, encinas y alcornoques. A pesar de sus reticencias iniciales, el caminante se sintió bien nada más llegar a aquella diminuta localidad de apenas doscientos habitantes; le agradaban sus calles irregulares y empedradas, la afabilidad de sus gentes, el sonido del agua que fluía por sus arroyos.

Acompañado de su amigo, se acercó una tarde a conocer un conjunto de albercas que se alimentaban de un manantial cercano. Aquí suelen venir los vecinos a acarrear garrafas de agua, le dijo su amigo. Pero el caminante apenas escuchó sus palabras; desde hacía unos minutos tenía puesto el oído en el canto melodioso de lo que parecía ser un petirrojo. Le hizo un ligero gesto con la mano a su acompañante y se adentró en el bosque de castaños como quien se adentra en un sueño. Su amigo lo conocía bien y dejó que se alejara solo; sabía que cuando el caminante pajareaba prefería no tener cerca a nadie, le gustaba andar en silencio y apartado de cualquier motivo de distracción. Solo así lograba entrar en un relato interior que, en esta ocasión, le iba a trasladar a los escenarios de su infancia, a unos bosques habitados por elfos y gnomos, por ruiseñores, alondras y grajillas. Debieron de pasar unos minutos hasta que el caminante se encontró frente a un hermoso pajarillo de pecho y cara anaranjados. Tenía el pico y los ojos de un intenso color negro y el resto del cuerpo cubierto de plumas de un gris azulado. Parecía un pájaro simpático, curioso y atrevido; las historias fantásticas que el caminante había escuchado o leído sobre el petirrojo cobraban cuerpo ahora que lo tenía delante, en el interior de un bosque de castaños. De niño, el caminante, en las tediosas tardes del colegio donde estudió, leyó la piadosa historia de una avecilla que se había acercado a la cruz de Jesucristo para arrancarle las espinas que coronaban su cabeza, y cómo la sangre que brotó de ella tiñó de rojo las plumas de su pecho. Años después, en una obra de teatro de William Shakespeare, leyó cómo unos petirrojos se encargaban de cubrir los cuerpos que habían quedado sin sepultura. Un amigo que llevaba años viviendo en Suecia le comentó alguna vez que las leyendas nórdicas atribuían al petirrojo la capacidad de proteger los hogares de los rayos y tormentas.  Ahora que lo tenía delante, en mitad del bosque de castaños, el caminante no pudo evitar sentirse atrapado por la hermosa mancha roja del pecho del pajarillo y, completamente abstraído, fue arrastrado al escenario de esas evocaciones legendarias del que lo sacó, repentinamente, la voz de su amigo, quien se había mostrado un poco alarmado ante la ausencia prolongada del caminante. ¿Lo viste?, le preguntó. El caminante asintió con la cabeza. Lo vi y lo fotografié.

En el camino de regreso al pueblo el caminante le contó a su amigo lo agradecido que se sentía. Pasaron el resto de la tarde juntos y por la noche cenaron en un asador de carnes que se encontraba a las afueras del pueblo. Al día siguiente, muy temprano, subieron a un mirador elevado desde donde se tenía una visión panorámica del pueblo y del bosque que lo circundaba. Las campanas de la iglesia, coronada por un chapitel octogonal cubierto de azulejos blancos y azules, comenzaron a sonar, provocando el estampido de un grupito de palomas; una pareja de vecinos cruzaba la plaza en dirección a las albercas. El caminante aprovechó para hacer algunas fotografías, encendió un cigarrillo y dirigió su mirada hacia el bosque de castaños. Su cabeza voló de nuevo a otros escenarios, de la mano de un dicho popular del que se había acordado muchas veces desde que abandonara el trabajo que había ejercido durante tantos años… A veces los árboles no nos dejan ver el bosque, se dijo, antes de comenzar a descender por el sendero del mirador. Aún tuvo ocasión de escuchar el canto alegre de un pajarillo de pecho rojo que comenzaba a celebrar la llegada de un nuevo día.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *