El caminante recordó unos versos de Borges la mañana en que tuvo delante a un alcaudón común, avecilla paseriforme de cabeza teñida de rojo y larga cola. Permaneció quieta sobre un poste que utilizaba de posadero durante unos segundos, suficientes para que el caminante pudiera hacerle algunas fotos. Creía haber leído alguna vez que el nombre le venía del árabe hispánico alqabtún y hacía referencia al considerable volumen de su cabeza en relación con su diminuto cuerpo. Le cruzaba la cara una franja de plumas negras a modo de antifaz que contrastaba hermosamente con el blanco marfil de su garganta, pecho y vientre. No era un ave mosquitera, se alimentaba de escarabajos, saltamontes, lagartijas, otros pajarillos…El caminante había escuchado hablar de él a algunos vecinos de la zona, quienes se referían al alcaudón común con unos nombres que le desagradaban y le desconcertaban; no podía entender cómo una avecilla de tan delicada apariencia recibía esos apelativos: el verdugo, el carnicero, decían, menudo bicho. Uno de ellos le contó una vez que el comportamiento del alcaudón, a pesar de su diminuto tamaño, era como el de una rapaz; tenía un pico ancho, corto y robusto que utilizaba para cazar a sus presas, rompiéndoles la nuca si era necesario. Una vez muertas, con ese pico las despedazaba y empalaba sus trozos en pinchos de alambradas o plantas y arbustos espinosos. El muy canalla, continuó el vecino, utiliza esos pinchos como si fueran una despensa donde almacenar o conservar el alimento; también los utiliza como reclamo para atraer a las hembras, le dijo el vecino antes de echarse a reír. Regresó el caminante por la zona una semana después a ver si lo volvía a encontrar pero no fue así; de vez en cuando se detenía a observar las alambradas que acotaban algunas parcelas con la expectativa de hallar en sus pinchos restos de animalillos que pudieran darle alguna pista sobre la presencia del alcaudón, sin éxito. Finalizaba el verano y era probable que ya hubieran iniciado su migración hacia el África subsahariana, donde tenían sus cuarteles de invernada. Como otras aves, los alcaudones realizaban el vuelo migratorio durante la noche y aprovechaban la mañana para alimentarse y recuperar energía. Pensó el caminante que también él abandonaría pronto los caminos, cuando llegaran las lluvias y bajaran las temperaturas. Regresaría, entonces, a sus cuarteles de invierno. Le apetecía retomar la lectura de Borges, un escritor a quien leyó de manera incansable en el pasado y por cuya obra conservaba una imborrable devoción. Esos versos que había recordado del escritor argentino ante la presencia del alcaudón común, del carnicero, del verdugo, le habían traído a la memoria, de una manera caprichosa pero sólida, los versos iniciales de un poema que había leído una y otra vez. Si (como afirma el griego en el Cratilo)/ el nombre es arquetipo de la cosa/ en las letras de ‘rosa’ está la rosa/y todo el Nilo en la palabra Nilo.
¿Estaría acaso encerrado en los nombres que recibía esa adorable avecilla su misterio y su verdad?





